Caminó hasta la esquina, entró al local, buscó la planta que había visto en la vidriera dos días atrás. Se la envolvieron, la llevó a su casa, la regó y la puso encima de la mesa. Se imaginó una planta enorme, fortalecida, llena de brotes y feliz de estar dentro de su casa, con ella.
Pero la planta se empezó a marchitar. Agua, luz, sombra, charlas, y nada. La planta había sido una desagradecida. Y ella se guardó la maceta, la pintó de colores fuertes y la puso sobre la heladera. El fucsia la puso de buen humor.
viernes, 24 de septiembre de 2010
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